Recordando el caos de Nueva Orleans 10 años después de Katrina

Chicago (AFP) – Hace 10 años, mi habitación de hotel en Nueva Orleans se sacudió como un tren de carga a toda velocidad. Los mortíferos vientos del huracán Katrina destrozaron techos, arrancaron árboles de cuajo y proyectaron paredes de agua que inundaron una parte de la ciudad.

Todavía me persiguen las imágenes de lo que vi durante varios días a finales de agosto de 2005, cuando esta megalópolis de Luisiana (sur) se hundía en el caos.

Un anciano muerto en una silla frente al palacio del Congreso, su cuerpo cubierto por una manta amarilla. Un mar de personas hambrientas y sedientas sentadas en el entorno, sus rostros invadidos por la derrota y la desazón, a medida que esperaban día tras día que llegara la ayuda. Una madre exhausta cojeando descalza por un puente de metal, apretando contra su pecho a su bebé de cinco días y contándome de su frenética huida por una plancha que le permitió llegar a la ventana de sus vecinos mientras el agua se tragaba su casa.

Patrullas de soldados fuertemente armados, autorizados a disparar libremente.

Más de 1.800 personas murieron después de que Katrina azotara la costa del golfo de Estados Unidos el 29 de agosto de 2005. La mayoría de los muertos se registró en Nueva Orleans.

Olas de agua sucia de hasta seis metros de altura engulleron el 80% de la parte baja de la ciudad, después de haber colapsado los diques mal mantenidos. Decenas de miles de personas quedaron atrapadas cuando la ciudad se convirtió en una ciénaga sofocante. Los camiones con comida y agua fresca demoraron cinco días en llegar. Esos cinco días se sintieron como cinco años.

– Casas sumergidas –

El fotógrafo ‘freelance’ James Nielsen y yo salimos del hotel poco después de que el ojo de la tormenta pasara por la ciudad en la mañana el lunes 29 de agosto, abrazándonos a las fachadas de los edificios en medio de la lluvia y fuertes vientos.

Las partes más antiguas de Nueva Orleans -el barrio francés o el distrito de negocios- escaparon a lo peor de la furia de Katrina porque estaban construidos en la zona más alta de la ciudad, por lo que nos llevó unas horas medir el impacto de la tragedia.

Se me paralizó el corazón cuando frenamos en una autopista elevada y nos dimos cuenta de que los pequeños triángulos que asomaban sobre la superficie del agua eran techos.

Un barco se acercó a una casa prácticamente sumergida donde un anciano intentaba salir por la ventana.

Al despertarnos el martes descubrimos que el agua había subido más por la ruptura de un canal.

Nielsen y yo seguimos a un convoy militar hasta el inundado Lower Ninth Ward, el barrio más pobre de la ciudad, donde encontré a la joven madre y a una mujer que contó cómo su esposo fue engullido por la tormenta cuando buscaban refugio.

Vimos algunos saqueos en el barrio francés, pero el ánimo era relativamente festivo ese día.

Encontré un restaurante que ofrecía cerveza tibia y sopa de gumbo; no había electricidad, pero la cocina a gas sí funcionaba, por lo que querían cocinar toda la comida antes de que se echara a perder. Algunos residentes con barbacoas hicieron lo mismo esa noche.

– Desesperación y miedo –

Pero las cosas se ensombrecieron el miércoles. Quienes habían sido rescatados de sus hogares inundados se encontraron abandonados en el centro de convenciones céntricos sin comida, ni agua, ni atención médica o baños que funcionaran. Un incendio estalló en una tienda de zapatos saqueada. Los hoteles echaban a sus huéspedes.

Asustados y sedientos, algunos lanzaron rumores -la mayoría falsos- sobre caos y violencia y se lanzaron a las autopistas bajo un sol abrasador.

El jueves fue una pesadilla. Pasé la mañana hablando con refugiados cuya única pregunta era cómo el gobierno estadounidense podía enviar ayuda a todo el mundo pero no podía ocuparse de sus propios ciudadanos.

Vadeé luego las aguas hasta el Superdome, un estadio usado como refugio de emergencia y donde 26.000 personas quedaron atrapadas con escasos víveres. El olor a orina y heces era insoportable.

La gente estaba tan desesperada que hacía pasar a los bebés sobre la muchedumbre que se agolpaba contra las barricadas.

El viernes, un sheriff rompió a llorar cuando me contaba que algunos presos se habían ahogado en sus celdas o quedaron atrapados en alambres de púa al intentar escapar de la inundada prisión.

Me quedé una semana más, mientras el ejército lograba restaurar el orden y evacuar a la mayoría de los residentes.

He vuelto varias veces a Nueva Orleans por trabajo. Pero esos primeros cinco días me cambiaron. Perdí mi fe en el gobierno y sigo furiosa por quienes sufrieron o murieron por la falta de respuesta. Pero mi fe en la humanidad se profundizó por los innumerables actos de valentía y generosidad que presencié, como el hombre que pasó días auxiliando en barco a sus vecinos, sin perder ni un segundo en hablar con una periodista. Nunca supe su nombre.

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